Te regalo mi memoria (II). Isabel García Martínez


¿PERO NO HABÍA TERMINADO LA GUERRA?

La abuela Pilar de pronto perdió a su marido, y al mismo tiempo, perdió la memoria. Mi madre, con ojos ya ahogados, dice que ¡se puso muy tonta!  Era la cuerda locura que no aceptaba la separación de su marido. Yo la consuelo contándole que el cerebro tiene estas estrategias de desconexión para evitar el sufrimiento, pues pasado un año se recuperó. 
Mi madre, sin que lo supiera mi abuela Pilar, pues la familia decidió ocultarle el encarcelamiento del abuelo para evitarle más sufrimientos, acudía cada día a prisión a llevar la comida a su padre.  La pequeña tenía ahora que llevar las riendas de la casa. 
Yo creo que no hay casualidades, y un día el hijo mayor, que permanecía en el bando de los vencedores, se presentó en el pueblo a exigir que les devolvieran la casa familiar a sus padres, utilizada por un vecino como establo y cochiquera, para que los legítimos propietarios pudieran instalarse. La presencia de mi tío evitó mayores represalias hacia mi abuelo, aunque no pudo evitar que mi abuela y sus hijos se escondieran cada tarde, para escapar de las redadas que, cada día organizaban en el pueblo, en busca de rojos sospechosos.  Mi tío no se quedó mucho tiempo en el pueblo, pues le esperaban en su destino militar. Poco tiempo después, abandonó la milicia y se trasladó a Barcelona.


UNA INESPERADA SORPRESA

 Mi madre recibió un día la visita de una familia llegada de Villena que traían un paquete para Isabelita, lo habían preparado las amigas del colegio villenense y recuerda que contenía almendras, chufas y otras chucherías que, en esos tiempos de hambre y penurias, eran un tesoro ¡Qué júbilo saber que sus amigas no la habían olvidado! Tal fue la alegría recibida, que siempre dijo que algún día regresaría a Villena para decirles lo que ese regalo significó en momentos tan trágicos, sin padre, su madre con la razón perdida, sin casa, …  
Ya en los años 70, mi madre seguía sin olvidar a sus tres grandes amigas de la niñez y convenció a mi padre para intentar buscarlas en Villena; ya serían mujeres casadas y con hijos, como ella, sabía que estarían muy cambiadas después de más de 30 años y, además, desconocía donde vivirían, sólo sabía el nombre y apellidos de las tres.  Mi padre no podía negarle ese anhelo de reencontrarse con las amigas de la infancia y aunque advirtió a mi madre que Villena había crecido muchísimo en los últimos años, allí nos dirigimos, siendo yo todavía una niña.  Al llegar, mi madre, nerviosa y algo confusa porque no reconocía edificios ni calles, sólo veía un pueblo inmenso y no sabía por dónde empezar a buscar. Pero no desesperó, y mi padre y ella se pusieron a interrogar a muchos de los que viandantes con los que se cruzaban; nos movimos por diferentes barrios, y ya por la tarde, cansados y un tanto desilusionados, por fin, una de las personas preguntadas sí dijo conocer a una de las mujeres. Efectivamente, era una de las amigas de mi madre. Al día siguiente, pues ya era de noche, nos presentamos en su casa; la amiga no reconoció en un primer momento a mi madre, por lo que se mostró reservada y un tanto recelosa. Mi madre estaba tan contenta, que  hablaba y hablaba, contándole mil y un detalles de algunas de las experiencias vividas juntas. La cara de extrañeza de la amiga, de repente, se trasfiguró, lanzó un grito de alegría   y se abalanzó a los brazos de mi madre, sin poder evitar las lágrimas ninguna de las dos y contagiando la emoción a todos los presentes.  A través de esta amiga, localizamos a las otras dos. Pasamos unos días inolvidables. Parecía que no había pasado el tiempo para ellas, dada la familiaridad que se manifestaban, como si nunca se hubiesen separado. 


7 AÑOS, 7 NIETOS, 7 DÍAS

Volviendo al pasado, el abuelo, como muchos, fue trasladado para realizar trabajos forzados en la construcción del Pantano de Cazalegas, próximo a Talavera de la Reina. La pequeña Isabel recuerda las visitas a su padre en la presa, acudía junto a otras mujeres del pueblo que iban a ver y a llevar algo de comida a sus maridos e hijos. Recuerda con alegría que, en una de estas visitas, su padre le regaló una cesta que habría aprendido a hacer. 
Por fin, pasados ya 7 años de penalidades y sufrimientos por la separación de la familia, le dan la libertad condicional al abuelo y ahora debía elegir un lugar de destierro, tenía prohibido regresar al pueblo. Eligió Aranjuez, por ser un destino próximo al pueblo.
Él no había matado a nadie, ¿Pero no hacía más de siete años que se había terminado la guerra? ¿Cuándo terminarían las represalias y el revanchismo?
Recuerda que en la documentación que le dieron para ir a cumplir el destierro, miró con asombro, unas letras impresas de color azul, en mayúsculas, que destacaban sobre el amarillento papel, decían “por rebeldía”; era la imputación que se le hacía para justificar sus años de prisión y trabajos forzados. ¿Pero qué rebeldía, si él precisamente se mantuvo fiel al gobierno democráticamente elegido?
 Aunque parecía que había llegado el momento en que se rompían las cadenas, esas letras grabadas en el amarillento papel le recordaban que el mundo seguía del revés.
 Ya no soportaba más tiempo sin abrazar a los suyos. Él no era un rebelde, ni un delincuente, sólo había intentado defender los principios democráticos y mantenerse fiel al Gobierno legítimo.
 Sin apenas meditarlo, respiró profundamente y decidió contravenir las ordenanzas de destierro, dirigiéndose, con paso firme y decidido, sin pasar por Aranjuez, al pueblo donde hace años le esperaba su familia. Ahora sí podrían acusarle de rebeldía, pero de rebeldía a la sinrazón y a la injusticia.
Cuando entró por la puerta de la casa, los sollozos de alegría inundaron los rostros de todos. Los brazos se enlazaban en abrazos interminables que no querían tener final.  
La abuela Pilar, durante el tiempo de ausencia de su marido, muy habilidosa para la costura, había sacado la casa adelante confeccionando y cosiendo ropa para el pueblo; mi madre la ayudaba, bordando iniciales en las camisas con un bastidor, haciendo primorosos ojales, … También el tío Julián, hermano de la abuela Pilar, el que vivían en la otra casa junto a ellos, cuidó de la familia durante la ausencia de su cuñado Manuel. Julián había evitado ir a la guerra por ser hijo de viuda. 
El abuelo ya no podría volver a trabajar en el ayuntamiento, claro estaba. Como era hábil y mañoso, se dedicó, nada más llegar, a confeccionar botas de piel, camperas, que luego se vendían en una tienda del pueblo. Más tarde, como también era bueno en cálculo matemático y tenía espléndida caligrafía, trabajó de encargado en la distribución del agua del canal a las diferentes fincas, establecía turnos, tiempos y cantidades de agua a distribuir según la extensión de los terrenos de los agricultores.
Mi abuelo siempre fue muy reservado y nunca contó nada, al menos a sus hijos, de las penurias que debió pasar en tantos años separado de los suyos.  
Cuando se volvió a reencontrar con su hermano, el militar, siguió manifestando el mismo cariño y afecto que se habían tenido siempre los dos, aunque no compartieran los mismos ideales. 
El hijo mayor de mi abuelo siempre mostró un gran respeto por sus padres y en los veranos, enviaba a sus hijos al pueblo, desde Barcelona en donde residían, para que los abuelos disfrutaran de sus nietos; al nieto mayor, le pusieron el nombre del abuelo.
Manuel y Pilar ya no se separarían nunca más. Recuerdo que se sentaban frente a una gran chimenea que había en la cocina y pasaban las horas uno junto al otro, la mayoría del tiempo callados, no hacía falta decir nada. 
Que alegres veranos recuerdo haber pasado en el pueblo, cuando sus 7 nietos les visitaban y disfrutábamos de las ricas comidas de la abuela.
A pesar de la pesadilla vivida, Manuel no expresó nunca rencor ni deseos de venganza. 
Cuando mi abuelo murió, mi abuela Pilar lo seguiría justo 7 días después, cumpliéndose así el deseo de ambos de no volver a separarse más.


Comentarios

  1. Gracias por regalarnos parte de tu memoria familiar, Isabel, tan emotiva... y por el aprendizaje para la paz que transmite.

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